contempla a la niña que quiso perderse
siguiendo la voz del viento en su piel, nadie escuchaba.
Era su secreto lenguaje repetido por las noches, bajo las mantas.
Con vacilantes susurros recitaba los versos
que tiempo atrás fijó su memoria.
Vida que se apaga con un estallido de luz,
vagabundo resplandor de sol invernal sobre las lentes
que el aliento tiñe de espeso vaho.
Pequeña mano de futuro incierto sujeta a otras
altivas todavía en la voluntad.
Las falanges torcidas de extraña belleza
han sido artesanas de zurcidos, bordados, pespuntes.
¡Ah! Evocación tentadora de nombrar tareas.
Se acuesta la niña entre tréboles fingiendo una muerte
que lleva entre sus lágrimas de penumbra a aquélla anciana
que, lentamente, se aleja.
Los ojos de infancia risueña siguen cerrados
en el laberinto de su solitario juego.
Olga Sain
©Derechos Reservados
Texto publicado con autorización de su autora
Prohibida su reproducción parcial o total sin la autorización de Olga María Sain
siguiendo la voz del viento en su piel, nadie escuchaba.
Era su secreto lenguaje repetido por las noches, bajo las mantas.
Con vacilantes susurros recitaba los versos
que tiempo atrás fijó su memoria.
Vida que se apaga con un estallido de luz,
vagabundo resplandor de sol invernal sobre las lentes
que el aliento tiñe de espeso vaho.
Pequeña mano de futuro incierto sujeta a otras
altivas todavía en la voluntad.
Las falanges torcidas de extraña belleza
han sido artesanas de zurcidos, bordados, pespuntes.
¡Ah! Evocación tentadora de nombrar tareas.
Se acuesta la niña entre tréboles fingiendo una muerte
que lleva entre sus lágrimas de penumbra a aquélla anciana
que, lentamente, se aleja.
Los ojos de infancia risueña siguen cerrados
en el laberinto de su solitario juego.
Olga Sain
©Derechos Reservados
Texto publicado con autorización de su autora
Prohibida su reproducción parcial o total sin la autorización de Olga María Sain

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