Sin espasmos, sin estallidos que rompan su lentitud,
silenciosamente, dejando que se evapore
cuando roce los labios y los anude en un beso de sal.
Y en el beso la mudez de una súplica, el sollozo que tiembla
cuando el abrazo no acude, pues rechaza mi vida
temerosa de su temblor, del volcán de su enojo.
Voy hurtando tristezas en los huecos de la tarde
las que se hicieron olvido allá, en el momento de mi abandono.
Voy mendigando tristemente el tranquilo descenso de mis lágrimas
de mi cofre cerrado, aquél que arrojé al mar.
Olga Maria Sain
©Derechos Reservados
Texto publicado con autorización de su autora
Prohibida su reproducción parcial o total sin la autorización de Olga María Sain
silenciosamente, dejando que se evapore
cuando roce los labios y los anude en un beso de sal.
Y en el beso la mudez de una súplica, el sollozo que tiembla
cuando el abrazo no acude, pues rechaza mi vida
temerosa de su temblor, del volcán de su enojo.
Voy hurtando tristezas en los huecos de la tarde
las que se hicieron olvido allá, en el momento de mi abandono.
Voy mendigando tristemente el tranquilo descenso de mis lágrimas
de mi cofre cerrado, aquél que arrojé al mar.
Olga Maria Sain
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