El verdadero amor, lo perdona todo, aún sin que el otro tenga la humildad de disculparse, perdona hasta la propia soberbia que hiere en lo más profundo al enamorado, y sana las puñaladas que el otro lleno de orgullo nos va ensartando en el alma, con pasta de sonrisas dedicadas, con recuerdos de lágrimas de emoción, con sabor a besos y ornato al perfume que desprendía su cuerpo cuando nos hacía el amor, y poco a poco, sin darnos cuenta, ni siquiera queda una cicatriz.
El verdadero amor, no se impacienta, no conoce de tiempos ni de distancia, espera, callado, en oración, mejorando día a día para que cuando el re encuentro se de, puede amarle con más fuerza, con menos errores, con más fuerza y de mejor manera, aprende a vivir con el dolor y deja que afloren las lágrimas en algún rincón donde no exista nadie más, porque después de todo, nadie que no haya estado realmente enamorado conoce el dolor del adiós de un amor.
El verdadero amor, regala el corazón y sabe, que no importa cuantos más vengan, el sentimiento por esa persona especial queda intacto, virgen, porque ya se ha dado y no hay vuelta atrás, porque sin importar que todos digan que te has equivocado, tu sabes en tu interior que esa era la persona correcta, y no se arrepiente de haberse entregado, pese al sufrimiento y la agonía, siempre su nombre permanece de primera palabra y de última en cada día de vida.
El verdadero amor, no se muere, ni se mata, ni se olvida, ni se calla, se lleva siempre dentro y nos roba tanto sonrisas como lágrimas, permanece impávido ante las tempestades, soporta vientos, mareas, huracanes y sismos, y queda de pie, abrazado a los recuerdos y los sueños, se bendice a diario por la oportunidad y se reza por la oportunidad de volver a ser, de que renazca en el corazón del otro, el verdadero amor vive para amarle, aún cuando el otro, viva para olvidarnos...
BR
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