escalaste por mis dedos
hasta apretar mi mano,
te sentí entonces tan mío
que sonriendo enmudecida
volví a dar gracias a Dios
por ponerte en mi camino.
La luna seguía brillando
allá en lo alto del cielo
aunque su ronda moría
y con mi mano en tu mano
agradecí también por la vida.
Ya se asomaba el alba
tras mis montañas queridas
y estábamos tan unidos
como la noche y el día,
el silencio se hizo trinos,
yo soñaba y tú dormías.
María Elena Astorquiza V.

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