Resbalaba por mi piel la caricia de tus ojos,
sopló la brisa del sur junto al río.
¿Por qué nunca te pregunté qué sentiste
ante la presencia de esa niña que,
prematuramente, sin conocer tu rostro te soñó
y vislumbró horizontes en tu pelo
en esas ondas sinuosas que acariciaban el aire?
Yo, tejedora de historias, de aprendidos romanticismos
de amores imposibles y dramáticas renuncias
escribí versos nutridos de soledad.
Me acuné en una pausa al vaivén de tu voz
pronunciando mi nombre
mientras irradiabas una luz inmensa a tu alrededor
y el camino intuído sintió un ligero temblor ante mi azoramiento.
Apenas me miraste lo supe.
Ahora circundo el ayer de aquel mañana
en la blanda ternura que permite mi edad
y acaricio las trenzas de aquella casi niña
introvertida y arisca en su timidez,
con tu beso en el tibio rubor de sus mejillas.
Olga Sain
©Derechos Reservados
Texto publicado con autorización de su autora
Prohibida su reproducción parcial o total sin la autorización de Olga María Sain
sopló la brisa del sur junto al río.
¿Por qué nunca te pregunté qué sentiste
ante la presencia de esa niña que,
prematuramente, sin conocer tu rostro te soñó
y vislumbró horizontes en tu pelo
en esas ondas sinuosas que acariciaban el aire?
Yo, tejedora de historias, de aprendidos romanticismos
de amores imposibles y dramáticas renuncias
escribí versos nutridos de soledad.
Me acuné en una pausa al vaivén de tu voz
pronunciando mi nombre
mientras irradiabas una luz inmensa a tu alrededor
y el camino intuído sintió un ligero temblor ante mi azoramiento.
Apenas me miraste lo supe.
Ahora circundo el ayer de aquel mañana
en la blanda ternura que permite mi edad
y acaricio las trenzas de aquella casi niña
introvertida y arisca en su timidez,
con tu beso en el tibio rubor de sus mejillas.
Olga Sain
©Derechos Reservados
Texto publicado con autorización de su autora
Prohibida su reproducción parcial o total sin la autorización de Olga María Sain

Publicar un comentario