de un naufragio en un puerto extranjero.
Soledad entre sonrisas y amables palabras incomprendidas.
Soledad de abrazos que se hundieron en el mar
y en sus maternas olas,
peregrino descanso arrancado a lo insaciable.
Tembloroso vacío en las manos, asperezas de anhelos,
insaciables ternuras. Apenas sienten la tierra que acarician,
el borde donde se sujetan,
los frutos que reciben para alimentar
la ausencia de hambre, aplacar el olvido de sed.
Se adormece la vejez soñando su esplendor de juventud.
La lluvia cae sobre el raído toldo,
un canto a la noche donde la oscuridad alienta
el espejismo de retornar al calor del hogar.
Olga Sain
©Derechos Reservados
Texto publicado con autorización de su autora
Prohibida su reproducción parcial o total sin la autorización de Olga María Sain
Soledad entre sonrisas y amables palabras incomprendidas.
Soledad de abrazos que se hundieron en el mar
y en sus maternas olas,
peregrino descanso arrancado a lo insaciable.
Tembloroso vacío en las manos, asperezas de anhelos,
insaciables ternuras. Apenas sienten la tierra que acarician,
el borde donde se sujetan,
los frutos que reciben para alimentar
la ausencia de hambre, aplacar el olvido de sed.
Se adormece la vejez soñando su esplendor de juventud.
La lluvia cae sobre el raído toldo,
un canto a la noche donde la oscuridad alienta
el espejismo de retornar al calor del hogar.
Olga Sain
©Derechos Reservados
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